La mano se desliza, perezosa, buscando el celular. Es un mensaje automático: “Te llamé hace un minuto. Tu hermana”. Son las siete con treintaisiete. Me estiro. Debería meterme a la ducha lo antes posible, pero en vez de eso giro un poco en la cama y la almohada me recibe tan cómodamente que me digo “cinco minutitos más”, repitiendo una frase que solía decir alguna ex… y que ahora, como las experiencias compartidas, es también mía sin quererlo.
Navidad, navidad… ♪♫
Voy a escribir tres cartas: Papá, la primera; Mamá, la segunda; y nenas, para mis hermanas pequeñas, la tercera. Ya lo había decidido —que es un eufemismo para “se me ocurrió ayer en la ducha”—. Supongo que lloraré redactándolas y que además de imprimirlas y entregárselas a cada cuál, les enviaré una copia a sus emails (sobre todo, para tener una copia en el mío).
El teléfono timbra, esta vez sí entró la llamada. “Aló”, yo. Mi hermana: ¡Jose! Cómo estás… ¿sigues durmiendo? Jajaja… tú siempre, oye. Escucha, ¿estás libre el domingo? Ya, bacán. Lo que pasa es que ya no le vamos a hacer fiesta de cumpleaños a la peque. No, ya no. Su papá tiene más ascendencia sobre ella que yo. ¡Yo quería fiestita! Síiii… bueno, lo que pasa es que ella es un poco tímida… COMO TÚ comprenderás… jajaja… ya, ya… los payasos no le gustan, y como dice mi papá “es un mal negocio invertir tanta plata para darle de comer a tanta gente que al final nomás sabe regalar calzones” jajaja… Dale, te escucho. Plop! ¡Loco! Entonces, ¿vas con nosotros el domingo? Ellas están emocionadas con verte. Anda, cancélalas todas. Jooose. Yeah!, yo sabía que sí. Sí, también va. Claro. Salimos el sábado en la noche para llegar tempranito a tu casa. Ah, no. Ah, no. No, no. Tú te me pones a ordenar todito de una vez. Yo voy a llegar a tu casa, ¡ya dije! Jajaja… no, no. Te escucho. Sí, normal. Tú eres su único tío, pues. Listo. Espera, espera, ¡casi se me olvida! Vamos a invitar también a mi cuñada; ¿no estás con pareja, verdad? Te va a encantar. No. No. No, no. Es linda, oye, qué te pasa. Escúchame, de eso también te quería hablar: la agencia. Es que no sé, somos 4: él, yo, las bebes. Tú viajas más, no te hagas. Cuál. Ya. Ya. Ida y vuelta. ¡Chévere! ¿Podré separar de una vez? Hoy voy a visitar a mi mamá y de paso voy por los pasajes. Entonces quedamos, ah. Te veo el domingo, limeñense. No me llames así. ¡Aich! Tarado. Jajaja. Un cumplido. ¡Jaaa! Yo también te quiero, mongo. Pórtate bien.
Y cuelga el teléfono.
Me siento al borde de la cama con el teléfono todavía en la mano, pongo la música y lo que suena es la triste y vengativa canción que anoche dedicaba a la de los “cinco minutitos más”. Sonrío, ya no tiene importancia. Me paro, miro el lugar y me digo “hay que hacer cambios, “Jose” —porque te dice Jose y no José—, ya tenemos una buena sonrisa, hay que empezar con lo demás”.
Y a la ducha.





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