sábado 10 de diciembre de 2011

El código maestro

Ok, seré conciso: esta entrada sólo le hace justicia a una memoria mía que hoy recordé de la forma más inesperada.

Resulta que llego a casa —alquilo una habitación en dicha casa, en realidad— y la puerta principal estaba cerrada por dentro. Al principio creí que sólo se había descolgado —ya ha pasado, hace poco— y entre que empujaba y cuidaba de no romper mi llave, hice una buena bulla que llamó la atención de los "amigos de lo ajeno" de este barrio, que en estas fiestas han de andar bastante ansiosos.

Toqué el timbre del casero. Nada. Los ladrones como que se empezaban a movilizar por la cuadra… toque el timbre otra vez. Nada. Ya planeaba irme, y volví a tocar el timbre. Salió el casero desde el tercer piso. "Ya bajo". Los tipos recularon.

Adentro tuvimos una charla acerca de seguridad, obligaciones y conductas, el dueño de casa y yo. Según él, dizque debo coordinar con mi vecina para que el que llegue último cierre por dentro la puerta principal.

Ahí se me activó la memoria.

¿O sea, reportarme? ¿Reportarme yooo? Vivo solo desde cuando pude hacerlo ¿y este señor pretende que me reporte? ¿Y con mi vecina!

Me imaginé la situación: darle mi nº de móvil, vaya a usted a saber qué clase de uso le pueda ella dar, tener que llamarla, a ver si contesta ella y no el noviecito maleante que tiene, es más, ¡a ver si me contesta!, o recibir llamadas de ella a medianoche, ebria y pidiéndome ayudarla a entrar, ¿textear con ella?…

Hubo una época en que tuve un código. Era una travesura, una idea bastante infantil… todo, pero efectiva. Tan efectiva que podría servirle a usted, honorable señor lector U.U

Ella no era precisamente mi novia —no es que yo fuera infiel, yo no estaba con nadie entonces; es que lo nuestro NO se podía llamar "pareja"—. Yo tenía quizá 16 y ella más de 30. Sí, sí, eso, lo que se imagina.

El código era sencillo: (1) envías un mensaje, el que sea, pero que termine en "aste". Venga, va para dummies: "en la tarde tu mami no estaba en tu casa, ¿cuando llegaste la encontraste?" o "¿vas a sacar la basura o ya la sacaste?" o un simple "¿llegaste?". Eso era todo. El mensaje implícito era siempre el mismo: una cita. Y (2) la otra parte era todavía más sencilla: si no había respuesta de la contraparte, era un sí.

Y así fue como noche a noche, después de un mensaje, inventaba una excusa y salía de casa a buscarla… nos entregábamos a la lujuria, al jugar con fuego, a perdernos de nuestros mundos y encontrarnos en una cama.

La historia, como ya sabrán, termina con mi madre exigiéndole, a gritos y llena de indignación, exámenes de embarazo y de salud para estar segura de que a su nene —sí, yo— no le había contagiado algo peor, y, claro, el destierro de aquella avezada mujer de la quinta donde vivíamos. Y que no la volví a ver nunca más —bueno, una vez coincidimos en el bus; le di mal mi nº de móvil; ya no estoy para esas cosas—.

Y ahí lo tienen entonces, una práctica manera de discreción. El entonces bautizado "código maestro".

2 comentan:

Necia dijo...

jajajaja ay servidor, asi es que esas teniamos, aprendiste con la vecina, ¿eh? avezado el chico. el final de esa historia me recuerda el refran de "quien con muchacho se acuesta , meado amanece." pobre

pero bueeee... ¿en que quedo la cosa? vas a poner un codigo similar con la vecina actual o como es la vaina? porque esa situacion de la puerta tiene que solucionarse. de otra forma, vas a quedarte en la calle a merced de los maleantes y pobechito, ellos no te van a hacer mimos como tu vecina de quinta, ni hablar

@actvservidor dijo...

Sí, pobre mujer... ese refrán es muy cierto.

Mañana regresa de viaje mi vecina actual, habrá que conversar... pero de entrada voy en negativo con lo de intercambiar nºs, a esta no la paso para nada =/

:$